miércoles, 13 de junio de 2007

Exégesis de un opúsculo del Maestro

Como todos sus acólitos, me veo en la obligación de proclamar el mensaje de nuestro líder indiscutible, Señor de lo no vano, Patriarca espiritual. Tras abandonar la ciénaga nauseabunda donde me encontraba junto a todos los mortales, y ahora caminar junto a mis colegas discípulos del gran Máximo, me dispongo a transmitir sus disquisiciones.


Genuflectant omnes in plano

("Todos se arrodillan al mismo nivel del suelo")

No hace mucho que tuve el enorme privilegio de asistir a una de sus apoteósicas indagaciones de índole refulgente. Pese a mi temor de fracasar en el entendimiento de tan sabias palabras que mis oídos aguardaban recibir, dispúseme allí a escucharlo con suma atención. Presto comprendí que aún no estaba preparado para asimilar tan vasto conocimiento sobre los dominios de unión a calcio, por lo que tras aquella revelación, decidí refugiarme junto a mi vela y estudiar uno a uno sus hallazgos.

- Hallazgo nº1: algo tan simple como unir calcio permite tantas posibilidades que resulta imposible asignar a un patrón o secuencia la función de quelar iones.

¡Bárbaro!, descollante, divino. No dice nada pero lo dice todo. Después de tan gran estudio llegar a semejante descubrimiento sólo me confirma que nuestro ídolo es colosal. Tenía que seguir interpretando sus enseñanzas. No obstante, pronto las dificultades sobrevinieron con más fuerza. El lenguaje se volvía tortuoso, las deducciones irrealizables. Debía conseguirlo, de modo que recordé dónde se hallaban todas las respuestas y así hice, fui a la cafetería, extrínseco, locuaz. Raudo empecé a descifrar el sentido de aquella parábola pero todavía me faltaba algo; circunstancialmente me vino a la cabeza un comprensible trabajo de nuestro Semidiós, que en tono coloquial tituló: “Diccionario de la apócrifa etimología de los antropónimos”. Esta fue la clave que me reveló que lo importante de este tratado sobre el calcio no era lo que descubría, sino lo que no descubría. En este punto mi fascinación era tal que no pude evitar pensar que quizás estuviéramos ante lo que denominamos un “bodrio” o “coñazo” (del arameo safaítico conhis-, guía y –azzo, espíritu).

No satisfecho aún, me dirigí a fregar los platos, lugar de inspiración del líder, fuente de todo conocimiento. Fue entonces cuando, tras extirpar el último tropezón adherido a la taza del Mazinger Z, entendí la trascendencia de la arginina 147 en la troponina de pollo y la violación de los ángulos de Ramachandran por los residuos de valina que establecen la máxima distorsión catenaria.

Estupefacto por la envergadura del hallazgo, he querido dejar aquí la formidable fórmula general explicativa del cosmos y de la relatividad del espacio-tiempo obtenida tras este estudio por el gran Maestro y que muy pocos estarán al alcance de comprender:

D-DG(D)(G)----E

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